martes, 18 de noviembre de 2008

Defensor del Pueblo... YA!!!!!!

El 12 de Noviembre recién pasado, se rechazó por falta de quórum constitucional el proyecto de ley de defensor del ciudadano, Ombudsman o defensor del pueblo, como se apetezca.

En los últimos años han florecido y se han reforzado servicios públicos, que con gran agudeza fiscalizan, demandan, y persiguen
con justicia, malas prácticas o violación a las leyes por parte de las empresas privadas.

La fiscalía nacional económica, Sernac, o la misma dirección del trabajo, trabajan con esmero y dedicación para garantizar en Chile, el respeto a las normas por parte de empresas y particulares.

Sin embargo, no es menos cierto, que uno de los peores empleadores en Chile es precisamente el Gobierno, quien actúa con impunidad en su forma de relacionarse con sus trabajadores, con pagos atrasados, gran cantidad de honorarios y subcontratados por doquier.

Los altos cargos públicos y técnicos pueden mandarse grandes chambonadas en su gestión, el Transantiago, la falta de visión estratégica en torno a la energía que tuvimos 10 años atrás y que luego resultó en grandes aumentos en las cuentas de todos los chilenos, la mala administración de ferrocarriles, etc. son chambonadas ante las cuales el ciudadano común y corriente sufre por la gestión de un Estado incompetente, pero a diferencia de las empresas privadas,
no tiene donde acudir a reclamar.

En la empresa el ejecutivo es despedido, en el Estado gana una embajada o un puesto en alguna otra repartición...

El Estado Chileno es omnipresente y no tenemos una "superintendencia del Estado", ni nadie que vele por los actos u omisiones que se presenten.

Es en este marco, que la creación de un defensor del pueblo es urgente, la mayoría de las naciones económicamente más desarrolladas tienen una figura que resguarda el respeto a los derechos humanos, derechos ciudadanos e interés público.

Chile necesita con urgencia la aprobación de la ley que crea la figura del defensor del pueblo, es requisito para poder seguir en la línea de democratizar la democracia chilena, un Estado que vele efectivamente por el respeto delos derechos económicos, culturales, sociales y ambientales.

Varios diputados han presionado para reponer la discusión de la creación de este defensor del pueblo la primera semana de Diciembre, para ojalá tenerlo
aprobado antes de fin de año. Si esto ocurre, va a ser el mejor regalo de navidad que ha tenido la democracia chilena en los últimos años.

Juan José Soto.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Democracia Cristiana: ¿Y Después de la Renovación Qué?

Con un grado de obsesión se ha sostenido que la única opción para el resurgimiento de la Democracia Cristiana es la renovación generacional. Sin duda los cercanos triunfos de Orrego y Undurraga en dos comunas populares de Chile, cruzados con el lejano pero impactante triunfo de Obama en Estados Unidos, han sido el agüero para un Partido que suma más derrotas que triunfos en los últimos diez años.

El problema de los cambios sostenidos a partir de la sola mutación etaria, es que duran solo lo que una cara nueva puede aparecer como tal. Efectivamente existen experiencias internacionales de renovación exitosas, como la del Partido Laborista Inglés o la Democracia Cristiana Holandesa, pero todas ellas han tenido como correlato una consolidación o doctrinaria y/o programática de dichos Partidos. Nadie pensaría que el Partido Laborista, otrora de definición marxista, hubiera alcanzado el poder sin una redefinición de sus contenidos.

En muchos casos, los Partidos o cambian sus contenidos o están destinados a morir. Es el caso de las doctrinas y programas que han demostrado su fracaso histórico. Los socialismos reales, en la misma trayectoria que el marxismo, demostraron durante el siglo XX que no eran la solución a los problemas sociales; con su fracaso dejaron un extenso halo de sangre, pobreza y violación de los derechos humanos más básicos en los países de la órbita soviética y algunos países asiáticos y latinoamericanos.

Las experiencias liberales puras tampoco han corrido mejor suerte. Desde el Laisse Faire, hasta nuestros tiempos, una y otra vez la necesidad de un Estado fuerte y una regulación vigorosa han golpeado de frente a sus opositores. Al igual que el crudo mercado, la realidad es más fuerte que la teoría.

Es probable que el haber adherido a principios y fines, no así métodos económicos concretos para el desarrollo social, hayan hecho que el pensamiento que tuvo su mayor impulso en la Doctrina Social de la Iglesia, tenga aun plena vigencia. Efectivamente, el pensamiento socialcristiano no ha vivido ninguna de estas crisis.

Salvo propuestas de rasgos corporativistas y una que otra propuesta económica concreta descontinuada, el pensamiento socialcristiano matiene su vigor. Así, está basado en la libertad pero con claros límites en la dignidad humana; no vive grandes traumas con la existencia de un mercado en la medida que éste se oriente al mayor bienestar social; es un pensamiento convencido de la necesidad de un Estado que se haga cargo de garantizar las prestaciones sociales esenciales para el desarrollo de la persona; se sustenta en que la ética es más poderosa que los hechos y que el fin no justifica los medios; una doctrina que cree en la supremacía de la vida humana y de la promoción de la familia estable como primera comunidad y pilar de la sociedad.

La Democracia Cristiana no puede basarse en liderazgos personales sino en ideas. Así, su renovación no solo exige una nueva generación que la conduzca sino una recuperación de su razón de ser, del llamado "sentido histórico". De otro modo, el proceso de renovación pasará a ser un nuevo proyecto personal (o de "personalidades"), ahora de una generación tan solo con menos edad.

La nueva generación que aspira a conducir el Partido no solo debe tener entusiasmo y un estilo que la ciudadanía valora. Las caras nuevas duran tanto como el tiempo que se requiere para dejar de serlo.
La fortaleza de la Democracia Cristiana estará tanto en su capacidad de recurrir a nuevos liderazgos en tiempos difíciles, como en la capacidad de rescatar su legado cristiano histórico y traducirlo en propuestas del país del futuro. Quien quiera renovar nuestro viejo Partido no solo debe transmitir una nueva imagen, sino traducir los aires nuevos en conductas y propuestas consistentes, coherentes y cargadas de sentido para el futuro de Chile.

Cristóbal Acevedo

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Elecciones en Chile: a miles de kilometros de Obama


En EEUU ocurrió un hecho histórico, un líder -que vivía en el borde de la clase política de Norteamérica- obtuvo un triunfo electoral espectacular que lo convertirá en el próximo Presidente. Miles de hojas se han escrito celebrando el triunfo de Barack Obama y varias columnas políticas se hacen cargo además de la retórica de la esperanza y del cambio que sacudió al mundo. Quizás uno de los datos que más llaman la atención fue constatar que votaron 7 millones más de personas –principalmente jóvenes- movilizados por el espíritu que infundía el liderazgo de Obama: sin duda algo removió sus corazones y los llevo a las urnas. Al parecer en su sufragio depositaron la idea del país que creían posible: multicultural, multirracial, inclusivo, sobre todo justo. Manifestaban su esperanza en la democracia a través del sufragio, motivados por un movimiento de esperanza.

Al otro lado del planeta, en Chile, acabamos de realizar una elección municipal lejana de este fenómeno. En este proceso electoral, 7 de cada 10 jóvenes en edad de sufragar no participaron en está elección y 5 millones de personas sencillamente no manifestaron su voluntad a través del voto. Como referencia, en el plebiscito de 1989 votaron 7.435.913 personas de una población total país de alrededor de 12 millones de habitantes, en las elecciones del 26 de octubre del 2008 sólo 8.110.265 en un país de casi 17 millones de habitantes. En 1989 el 36% de los electores tenía menos de 30 años, en el proceso electoral del 2008 tan sólo el 8%. En el 2008 hay 2, 7 millones de personas menores de 30 años en edad de votar, pero sólo se encuentran inscritas en los registros electorales 700 mil.

Cerca de un cuarto de la población simplemente no opto o no pudo optar por el que creía el mejor gobierno para su comuna. Sencillamente el sistema electoral los olvido. Un alto porcentaje de ellos ni siquiera tenía el derecho a elegir, pues absurdamente se les exigía primero estar inscrito en un arcaico registro electoral para tener la posibilidad de manifestar su opción a través del voto. Probablemente muchos de ellos ni siquiera supieron que el plazo para inscribirse vencía tres meses antes de la elección y que los horarios de atención complicaban aún más el registro electoral[1]. Incluso, si alguno de ellos – con mucha cultura cívica, pero sin ninguna cercanía al mundo político - tomaba la decisión de inscribirse, en ningún caso lo habría hecho motivado por un líder –que al estilo Obama lo llevará a las urnas- pues recién dos días después de vencido el plazo para la incoporación al registro, recien se inscribirían los candidatos a Alcalde y Concejales y tendría la oportunidad de conocer a los postulantes de su comuna. Es decir, si no se había inscrito y aparecía un candidato motivante, ya no podía inscribirse para votar. Para complicar más las cosas podemos agregar que las campañas se iniciarían sólo dos meses después y su única posibilidad de conocer –eventualmente- las posturas de los candidatos nacería después de prescrito su derecho a inscribirse en el registro electoral (2 meses despúes).
En definitiva, la decisión de inscribirse en los registros electorales es un proceso engorroso y arcaico; y lleva al paroxismo la disociación entre los candidatos existentes y los potenciales nuevos electores. Resultado: cada día menos jóvenes se inscriben y cada día a los candidatos, y a la política, le interesan menos las personas que están fuera de los padrones electorales. Ergo, con el actual sistema de inscripción en los registros, lo más probable es que un Obama en Chile estaría imposibilitado de convocar a nuevos electores y los interesados en votar por él, no inscritos tres meses antes, tendrían que haberse quedado en sus casas viendo probablemente un resultado distinto a sus expectativas.

A miles de Kilometros de norteamérica , y después del duro resultado que sufrió la Concertación y el PDC, nos hemos llenado de analistas electorales. Las explicaciones se mueven entre la aritmética y la mala selección de candidatos. Han surgido voces desesperadas avivando el debate sobre exclusión del PC y posibles pactos electorales para ganar la próxima elección. Tengo la convicción que es un camino errado. Como referencia, el Pacto Juntos Podemos saco 396.388 votos, que representan el 6,36% de la votación, los no inscritos son más de dos millones de personas es decir cerca del 25% de la votación total. Un sencillo análisis nos dirá que votos son más cercanos a nuestro ideario.

Muy pocos han sido capaces de ver la triste verdad: en está elección no hay ganadores. El año 2008, proporcionalmente, voto menos gente que el año 1989 (respecto a la población mayor de 18 años) y con un pequeño análisis nos daremos cuenta que todos bajaron su votación o representatividad real electoral, es decir un menor porcentaje de la población total de país los elige. Salvo honrosas excepciones –entre ellas Peñalolén, comuna en que creció el padrón electoral- en todo Chile aumento el número de personas que estuvieron excluidas-ajenas-desinteresadas de está elección.

Muchos menos han querido ponerle el cascabel al gato: el problema no está exclusivamente dentro de los actores del sistema político, sino especialmente en aquellos que se marginan de él. El verdadero debate debe ser nuestra capacidad de incorporarlos y seducirlos para los procesos electorales venideros. Hasta ahora nadie de la clase política ha sido capaz de liderar el cambio de la ley electoral y en estos 20 años han dejado morir ignominiosamente –y a veces con cierta complicidad- cualquier reforma al arcaico sistema. Para algunos parece ser más simple buscar pactos por acción u omisión que salir a convencer a nueva gente. Lo que ocurrió ayer nos enseña que se puede hacer de una manera distinta, recuperando la confianza de las personas en la política y en su país.

A estas alturas si el voto es obligatorio o voluntario es una discusión accesoria. DEBE HABER INSCRIPCION AUTOMATICA AHORA o seguiremos haciendo política de espalda a las personas. La verdadera renovación –o posibilidad de pensar en una renovación en el PDC- sólo será efectiva, pero momentánea, cuando seamos capaces de tener un padrón del partido legítimo, y renovar liderazgos; pero hay que evitar el riesgo de que la discusión de candidatos o mesas de consenso sea sólo el espejismo del país real: La Nueva DC sólo surgirá cuando seamos capaces de convocar a aquellos que están fuera del sistema electoral a decidir sobre Chile y su futuro a través de las elecciones y la participación ciudadana. Sólo es posible la renovación demócrata cristiana con aquellos que asuman este compromiso y sean capaces de ampliar la cancha y cambiar las reglas del juego. Esa es la lección de Obama, el surgimiento de nuevos actores en la política nuevos electores en la ciudadanía. Ese es el liderazgo que debemos ofrecer desde la DC.

Es un deber ético y político renacer desde nuestras ideas e identidades, desde nuevos liderazgos y estilos, desde nuestra capacidad de reencantar a Chile y su gente con la política y el ethos socialcristiano; y no a través del simple ejercicio electoral. Esa es la verdadera renovación en la que nos sentimos llamados a participar.

La revolución moral será entonces invitarlos a soñar en una nueva Democracia Cristiana constructora del futuro y en un Chile en que todo es posible.

Sebastián Iglesias R.


[1] Las Juntas Inscriptoras atienden los días hábiles del mes, de lunes a viernes, de 9 a 13 hrs. y de 15 a 19 hrs., y los sábados, de 10 a 14 hrs.




lunes, 3 de noviembre de 2008

Opinología Sobre la Democracia Cristiana


Como si se tratara de una fantasía adolescente guardada en el subconciente, cada vez que la Democracia Cristiana vive una crisis o una derrota electoral el mundo político saborea cada detalle como si se tratase del mejor de los banquetes. No está demás decir, que conspicuos camaradas han contribuido con uno que otro canapé a este manjar político que ha deleitado, por años, ha tanto “opinólogo” del stablishment chileno.

Del banquete, como en toda buena “partusa”, surgen mitos y especulaciones que van más allá de lo imaginable acerca del entramado partidario de la DC. En la borrachera, las especulaciones corren desde el rol que tuvo la DC en el Golpe de Estado, hasta la mítica “máquina DC” desplegada por todo Chile (en otros tiempos se llegó a hablar de un despliegue DC a nivel mundial); y entre copa y copa, se puede incluso delirar acerca del carácter doctrinario de la DC, su pertenencia al ala izquierdista, liberal, o derechista de la política chilena; y así un largo etcétera.

Pero la borrachera, como nunca, se desató la semana pasada después de las elecciones municipales. Es que como si se tratará del final de la teleserie esperada, para el deleite de algunos la DC se desplomaba; ya despojada en el suelo (y sin seguir los clementes consejos de no hacer leña del árbol caído), la avalancha de recriminaciones, críticas y hasta augurios, se desplegó con todo furor.

Entre el éxtasis y la catarsis, las explicaciones que más resuenan son, la larga permanencia de la DC en el poder, la descomposición y falta de renovación de su militancia, la pérdida de su sentido de identidad (con una especie de liberalización en lo económico y valórico), y otras tantas explicaciones. Es probable que en todas ellas tengan bastante de verdad.

Entre las explicaciones menos sensatas están aquellas que señalan que la decadencia es responsabilidad de la conducción de Soledad Alvear; y por supuesto, aquellas hipótesis que siempre despliegan los menos afines, como que la crisis es una demostración fáctica del llamado “error democratacristiano” (en otros palabras, que nunca debió haber existido un Partido tan extraño como este).

Los consejos y soluciones para que la DC supere la crisis, abundan, casi todos expuestos con un sano ánimo de crítica o como verdaderos programas políticos. Pero si hubiera que rankear la insensatez a la hora de aconsejar, la de Carlos Peña ocuparía los primeros lugares. Insinuándose como una especie de consejero político, y al más puro estilo de Maquiavelo, en su columna de ayer domingo en el “El Mercurio” insinúa dos o tres cosas de la mayor trascendencia: Primero, que dado que los Partidos Políticos deben sustentarse exclusivamente en su capacidad de acceder al poder, es indiferente que la DC se alíe con el Partido Comunista o con otro Partido que le permita la mayor captura de votos posibles.

Segundo, cual sofista de la era platónica, este columnista señala que ya superada la “fiebre” ideológica de los años sesenta, Maritain y Marx deben ser a la DC y al PC lo que los Reyes son a la monarquías occidentales modernas, un mero símbolo. Así, sostiene finalmente, habiendo la DC abandonado sus postulados doctrinarios, tales como hacer realidad el cristianismo en la vida social, la suerte de sus alianzas políticas solo tiene que ver con orientaciones cuantitativas y en ningún caso sustantivas. Algo así como, da lo mismo para qué gobernar lo importante es gobernar.

Revestido de consejero, los sofismas de Peña representan precisamente lo que la DC no debe hacer. En medio del temporal, los “cantos de sirena” respecto al futuro de la Democracia Cristiana serán abundantes, por ello habrá que mirar con mucha cautela el paisaje (aun en medio de nubarrones) antes de seguir dando pasos en falso. Si la DC se hundió electoralmente no es por culpa del diseño estratégico electoral de sus dirigentes, sino por la falta de diseño institucional acerca de la validez de los principios cristianos que nos inspiran en los tiempos que corren.

En medio de las incertidumbres de todo tipo, las personas necesitan creer en algo que supere el día a día de su existencia. Si un Partido tiene alguna razón de ser es para cambiar la realidad; nuestro electorado tradicional nos ha abandonado porque ve en nosotros más confusión que claridades, más continuidad que cambio, más interés individual que colectivo. Si la DC quiere seguir hundiéndose, orientaciones como las del columnista Peña marcan la ruta precisa.


Cristóbal Acevedo F.