miércoles, 16 de marzo de 2011

Girardi: La Concertación en el Síndrome de la Mujer Maltratada

Por Cristóbal Acevedo y Sebastián Iglesias-Sichel
Columna publicada en www.elmostrador.cl

créditos fotografía: elmostrador.cl
Ayer vimos como el senador Girardi se transformó en presidente del Senado con los votos de la Concertación. Esto viene a cerrar dos meses de silenciosa mesura del senador y tan solo difusos pataleos de quienes miran con desconcierto este hecho.

El contraste entre una y otra reacciones es una falsa excepción respecto a los fenómenos que hoy atraviesan las conductas de la coalición de memoria breve, de “alzheimer” político, propio de quien -en su proceso de senilidad- olvida aquello de que los reconocimientos deben ser proporcionales a los méritos y coherente con la forma en que se conducen al interior de la comunidad que los hará sucesores de un legado que representa a muchos.

En la Concertación se impone el “peso de la noche” en las decisiones. Y más que reflejar la voluntad común muestra una coalición unida por sus miedos y el temor a disentir. La disciplina del temor al quiebre, le gana a la coherencia. Es el diálogo de los sordos: la gente exige credibilidad de los políticos, la Concertación rema en el sentido contrario.

La derrota nos hizo creer que daríamos un paso a una renovación profunda de la ética y estética concertacionista. Era razonable pensar que la pérdida era lección suficiente para buscar recuperar la credibilidad y abandonar la falacia de la supuesta “gobernabilidad” que todo lo justifica. La exigencia política son los cambios, no la triste administración de lo que hay.

El hecho es simple: el símbolo del discolaje concertacionista será el Presidente del Senado. La Concertación convertirá en la segunda autoridad del país a quien figura en las encuestas como uno de los políticos con peor evaluación ciudadana. Se sella así el ascenso de quienes tenían los privilegios de ser Gobierno, pero no los costos de su responsabilidad. Así torpedearon las políticas públicas de una Concertación plural, mientras pedían cupos en cargos de Gobierno. No fue suficiente su apoyo a Ominami, ni su ataque permanente a lo que calificaba como “no progresista”. Menos los casos reñidos con la ética que acompañaron sus prácticas. Impuso, sin contrapesos, la lógica de sus “métodos”. Y triunfó, ante la omisión de muchos de sus detractores.

El imperio del “empate” hace que todo cambie para que todo siga exactamente igual. Ni la directiva de la DC, victima constante del ataque inquisidor del parlamentario, reaccionó: era más importante sostener la lógica del “acuerdo”. Es el absurdo llevado al paroxismo: una vez electo como autoridad añoran que actúe de manera distinta.

El inmovilismo, la captura de la máquina de los partidos y el temor hacen muy bien su trabajo. Es el viejo cuento de premiar al que golpea la mesa y grita a los cuatro vientos. El mérito está en ser díscolo y vivir en el borde, amenazando. Los liderazgos “renovados” de la Concertación tienen el mal de la pareja maltratada, que creyendo que salva la relación, llena de regalías al maltratador.

La derrota nos hizo creer que daríamos un paso a una renovación profunda de la ética y estética concertacionista. Era razonable pensar que la pérdida era lección suficiente para buscar recuperar la credibilidad y abandonar la falacia de la supuesta “gobernabilidad” que todo lo justifica. La exigencia política son los cambios, no la triste administración de lo que hay.

Un proyecto es creíble si priman las ideas, los valores, el bien público, la transparencia y la lealtad. No el absurdo de los equilibrios. Sabemos que muchos viven mirando el horizonte del futuro y su optimismo los hace creer que a través de estos pequeños acuerdos “soportan” un bien mayor y que con ellos nada se pierde. Su eterno voluntarismo los hace perder la perspectiva de que sus compañeros de ruta y las personas comunes de a poco empezaran a abandonar el camino y a buscar nuevas fórmulas, en que los costos de los equilibrios no sean más altos que el valor de la libertad. Y buscaran liderazgos dispuestos a correr riesgos. Eso los hará creíbles. Ese es el coraje de disentir.

Nos acordamos de una vieja frase de Charly: “Lo importante no es ser joven o viejo, si no nuevo”. Por acá, no hay novedad en el frente.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Porque la vida requiere coraje, defenderla también...

por Cristóbal Acevedo

Si estamos de acuerdo en algo tan básico como que la vida comienza al momento de la concepción, me pregunto entonces qué nos hace pensar que existen razones para suprimirla o, como ha propuesto el llamado proyecto Matthei-Rossi, por qué tendríamos derecho a elegir entre una vida u otra.

"Si  la persona humana, tal como han ido ratificando los cada vez más abundantes avances sobre el genoma humano, se inicia con la concepción, no parece lógico aceptar una regulación que limita la posibilidad de existir a las probabilidades de viabilidad futura del hijo que ya es persona"

De paso, como queriendo hacernos pensar que la inviabilidad del feto constituye una amenaza para la madre, el tan comentado proyecto de ley  incluye esta inviabilidad como causal de justificación del aborto. Si el aborto terapéutico realmente existiera, porque ciertamente constituye una contradicción en los términos, nada tiene que ver con la eugenesia, que busca utilizar métodos selectivos para evitar que ciertos miembros de la especie humana se desarrollen, por carecer de características que algunos consideran incompatibles con la vida humana.

Si  la persona humana, tal como han ido ratificando los cada vez más abundantes avances sobre el genoma humano, se inicia con la concepción, no parece lógico aceptar una regulación que limita la posibilidad de existir a las probabilidades de viabilidad futura del hijo que ya es persona. Por cierto, muchos hijos nacen con serios problemas de salud que de seguro le causarán la muerte al poco tiempo de vida ¿estaríamos entonces de acuerdo que existe un derecho a la madre de matar a su hijo nacido ya que no está obligada a soportar el sufrimiento que significa verlo morir por la enfermedad que lo aqueja?

"El argumento del heroísmo lo han construido aquellos que nos quieren mostrar un mundo perfecto, sin improvistos que debamos soportar como deberes si no son consecuencia de nuestras propias decisiones. Pero ese mundo, estimados, no existe"

Si la categoría "vida humana" es distinta dependiendo si se ésta se desarrolla dentro o fuera del útero, el argumento podría ser, al menos, revisable. Pero si la condición de persona surge desde la misma concepción, ¿qué hace distinto el derecho de un niño nacido con uno que está por nacer?

Las hipótesis que se esgrimen son respecto al carácter heroico que significa soportar una vida que sabemos que no podrá salir del vientre. Ese heroísmo no sería exigible. ¿Por qué es entonces exigible el heroísmo de la madre que tiene un hijo recién nacido que padece de cáncer terminal? Podría afirmar, sin temor a equivocarme, que en estas situaciones el sufrimiento de esa madre cuyo hijo ya ha nacido es tan grande como de la madre que tiene a su hijo en su vientre. ¿Por qué una de ellas estaría autorizada a anticipar la muerte de su hijo y la otra no? El argumento del heroísmo lo han construido aquellos que nos quieren mostrar un mundo perfecto, sin improvistos que debamos soportar como deberes si es que no son consecuencia de nuestras propias decisiones. Pero ese mundo, estimados, no existe.

Lo sabrán muy bien aquellos familiares cuyos hijos han quedado parapléjicos producto de un accidente automovilístico en el que no tuvieron responsabilidad alguna. Qué hace que los padres hagan todos los esfuerzos, soportando sufrimientos y tremendas cargas económicas, no solo para perseverar en la vida de su hijo, de su padre, esposa, hermano, sino además haciendo lo imposible por lograr su rehabilitación. Qué decisión libre fue aquella que produjo la paraplejia. Ninguna. ¿Qué deber tienen los familiares de sostener la vida en esos casos?

Es lo que ocurre pues, con las hipótesis de violación. Se arguye la falta de decisión del acto sexual como autorización para eliminar la vida del hijo (paradójicamente no la vida del violador). Qué tiene que ver ese acto de violencia brutal contra una mujer con la violencia que se ejerce contra el hijo no nacido y que ha sido fruto de la violación. Así como en el caso del accidente automovilístico sin culpa del afectado ni de sus familiares, la especie humana y en especial los padres, tienen el deber de proteger a sus hijos, darles lo mejor, cuales sean los imprevistos que la vida nos presente. Más que mal, nuestro derecho a elegir es posible porque alguien no eligió quitarnos la vida en nuestra etapa de desarrollo y mayor indefensión.

Por último, el argumento del aborto terapéutico se cae por su propia definición. Siempre es admisible una terapia curativa para la madre aun cuando eso arriesgue la vida del hijo por nacer. Distinto es que se utilice como medio la vida de un niño para salvar otra vida, la de la madre. Nuevamente surgen las voces que hablan de un Estado que no nos puede someter a heroísmo alguno. Sin duda, pero el derecho sí nos puede reprochar que alteremos la protección más básica de una persona, como es la vida del hijo por salvar la propia. La vida del hijo y de la madre son dos bienes de igual categoría, y no puede uno utilizarse como medio para salvar al otro. Como señalaba Kant, la persona es siempre un fin y nunca un medio.  Esa actitud, no es un heroísmo que exija el Estado, sino la simple consecuencia básica del deber de proteger y respetar la vida de los demás, más aun tratándose de un hijo.

"Porque vivir requiere coraje, defender la vida también. Podemos debatir, sin duda, pero sin por ello dejar de defender con valentía aquellos que consideramos nuestros valores fundamentales. Para algunos esta actitud es heroísmo, para otros intransigencia; yo pienso que simplemente es consecuencia y coraje"

Puesto que no tenemos derecho a matar al hijo nacido aun cuando sabemos que morirá tempranamente, tampoco tenemos derecho a hacerlo por el hecho que ese hijo no esté a la vista de los demás sino resguardado en el vientre materno. Y porque el fin no justifica los medios, salvar una vida no puede ser a costa de la vida de otra persona. Por último, el mundo que debe ser reflejado en el derecho no es un mundo sin imprevistos ni dificultades, ya que nadie puede excusarse de asumir los deberes que la realidad nos va presentando; menos, utilizar el fácil camino de suprimir las consecuencias de situaciones no deseadas por la vía de suprimir la vida de una persona. Es lo que se pretende con el aborto en casos de violación, en el que se busca eliminar por la violencia el único bien que ha surgido de tanta maldad y degeneración.

Así como vivir requiere coraje, ya que se nos presentan múltiples dificultades a lo largo de nuestra existencia -aun sin mediar decisión ni responsabilidad alguna de nuestra parte- el derecho debe ser reflejo de esa misma realidad y no intentar construir un mundo ideal, donde solo estamos llamados a asumir deberes en condiciones asépticas e ideales; esa realidad quizá exista en el fantasioso mundo de las pomadas disfrazadas de ideas que nos intentan vender, pero no en nuestra cotidiana existencia.

Porque vivir requiere coraje, defender la vida también. Podemos debatir, sin duda, pero sin por ello dejar de defender con valentía aquellos que consideramos nuestros valores fundamentales. Para algunos esta actitud es heroísmo, para otros intransigencia; yo pienso que simplemente es consecuencia y coraje.