lunes, 10 de septiembre de 2007

A discernir en la historia

Mientras algunos miembros de la directiva del PDC avalaron el golpe de estado esperando la pronta devolución del poder a los civiles, el 13 de septiembre de 1973, trece dirigentes democratacristianos liderados por el ex vicepresidente Bernardo Leighton hicieron pública una declaración en que se oponían cabalmente al golpe militar.

Quiero destacar cómo su declaración es producto de un ejercicio de buscar “lo bueno”, más allá de lo dictado por las ideologías dominantes en ese momento.

En una parte la declaración dice: “Estos sectores extremos [de derecha e izquierda] alienaron psicológicamente a la opinión pública e incluso a numerosos dirigentes políticos y jefes militares, creando la sensación falsa de que no había otra salida para la crisis chilena que el enfrentamiento armado o el golpe militar. Reiteramos hoy, igual que siempre, nuestra convicción profunda de que, dentro de los cauces democráticos, habríamos podido evitar en Chile la implantación de un régimen totalitario, sin necesidad de pagar el costo de vidas y los excesos inevitables en las soluciones de fuerza.”

Ante dos ideologías con soluciones violentas que enfrentaban a muerte a nuestros compatriotas; trece hombres deciden aferrarse a sus convicciones más profundas y afirmar que nada es superior a la paz, revelando que la odiosidad que reinaba en ese momento era una sensación falsa creada por quienes sacaban provecho de ella para sus fines.

Ahora, a 34 años de lo sucedido nos puede parecer fácil darnos cuenta de que el odio fue siendo construido por hombres con nombre y apellido de ambos bandos, para llegar a ser en un punto la base de las relaciones entre los chilenos.

Pero en ese mismo momento, sólo los que se aferraron a sus convicciones más profundas pudieron diferenciar lo que era real y eterno, de lo que era inventado por el hombre y pasajero; los demás se dejaron llevar por la corriente.

Hoy, en el contexto que nos toca, no podemos dejarnos llevar por las corrientes que un día pasarán, sino que debemos darnos el tiempo de preguntarnos cuáles son nuestras convicciones más profundas y ser fieles a ellas, pues en ella habita el Señor que nos va mostrando su voluntad: “lo bueno” para el Hombre.

Lo digo en parte por el sueldo ético, al constatar en la discusión que a veces parece más importante para algunos servir a las leyes del libre mercado que a nuestros hermanos.

A orar, a discernir, a poner nuestros deseos en las manos del Señor, para que nos revele su voluntad y entonces actuemos de acuerdo a ella y no a la de nosotros los hombres, tan duros de corazón, que muchas veces nos dejamos llevar por las falsas sensaciones cuando nos convienen.

Rodrigo Díaz M.

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