
Solidaridad, siempre una palabra muy empleada, pero vacía de sentido cuando es utilizada a través de los medios de comunicación y en nuestro diario vivir. La citamos mucho, pero sin saber por qué. Es una palabra políticamente correcta, que a la hora de subir puntitos de ráting en el inconciente de las personas, es un gran comodín. En el diccionario de la Real Academia Española, solidaridad se define como “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. La palabra solidaridad de puede entender mejor por medio de los tesoros que nos da la tradición de la Iglesia y en este caso particular lo haremos evocando las reflexiones que nos brindó San Alberto Hurtado, que como hombre de fe y académico procuró emplear las palabras adecuadas con un fin educativo.
En sus escritos podemos encontrar referencias explicitas a la palabra caridad, tan propia del cristiano, como inspiración a la caridad, mas nunca a la solidaridad. Pero la caridad definida por el mismo como:
“Aquella que no se confunda con la pura limosna o filantropía. Es algo mucho más grande: es el amor al prójimo que emana del amor de Dios”
Evidentemente, para entender la caridad son necesarios elementos que escapan a los intereses del presente documento, pero San Alberto nos remece con llamados a entender el verdadero sentido de la caridad, su origen y motivación:
“Los que desconocen el espíritu cristiano desconocen el valor de la caridad y la reducen a la práctica de la justicia”
En su tiempo, el Padre Hurtado, fue un ácido crítico de su entorno al interior de la Iglesia y al interior de los mismos movimientos que el fundó y de los que participaba como fue el caso emblemático de la Acción Católica, movimiento en donde se educaron la mayor parte de políticos y científicos en tiempos de la posguerra en todo el mundo.
Identificó dos enemigos de la caridad y la acción social, enemigos presentes hoy día que hacen que el sentido de su obra sea tergiversado: el quietismo y el activismo. El quietismo era algo que le trajo siempre roces al interior de la Iglesia y de los movimientos intelectuales, pues decía que
“Confunden lo teológico con lo teologal… confunden el objeto material de su actividad religiosa con la acción santificante: pensar en Dios, meditar su palabra son ocupaciones excelentes pero no pueden considerarse como exclusivas, pues no menos excelente fue María Santísima cumpliendo sus deberes de madre, de esposa, haciendo los deberes domésticos de su casa”
La realidad nos presenta un acontecimiento, y frente a esto tenemos que tomar una posición: como cristianos ésta no debe ser la pasividad. Por otro lado, a la “ilusión activista” como la llamaba el Padre Hurtado le hace una crítica aún más fuerte, por ser los destinatarios personas que lo rodeaban constantemente en sus trabajos, cito de sus escritos:
“Hay personas, como se ve a diario que están obsesionadas con el bien de las almas, la gloria de Dios, que casi olvidan completamente la causa invisible de éste bien. No tienen más que una idea: hacer avanzar al reino de Dios y combatir por el triunfo de la Iglesia; son leales y rectos en sus intenciones. Sin embargo, no se santifican o se santifican muy poco; ganan partidarios a la Iglesia como comunistas a su causa, pero en realidad ni ellos se asemejan más a Cristo, ni hacen a nadie más semejante al Maestro. No colaboran con Dios, por tanto su acción es estéril”
Pero de dónde viene todo esto? ¿Cuál es la causa invisible a la que alude San Alberto? ¿Por qué movernos con un sentido, con un fin? Para poder responder a estas sencillas preguntas, debemos ir al principio fundamental que rige al Santo: su relación con Dios como fin último, su constancia en la oración, pero por sobre todo, su aceptación de la realidad en su precariedad y el reconocimiento de dependencia absoluta de Dios.
El P. Hurtado amaba al obrero porque en él veía a una criatura hecha a imagen y semejanza de Cristo; se conmovía por la realidad toda: social, económica, política, cultural, por el amor a Cristo, no por el amor al débil perse, sino por la Belleza de vivir del encuentro con Cristo.
El Padre Hurtado nos llamaba a dignificar al hombre a través del trabajo, de su relación con la tierra, pero en el sentido de que todos estamos llamados a llevar a cabo la obra de Dios: cooperar en la realidad que nos toca con el cumplimiento de su plan Divino.
Pero también fue enfático en decir que la dignidad de una persona no se medía en el dinero que ganaba por su trabajo, lo que no entra en contradicción con el llamado a los empresarios a pagar un sueldo justo. No ayudó a formar sindicatos fuertes para desestabilizar a los empresarios y crear agitación social, sino que lo hizo porque sabía que la comunidad organizada y respetuosa (no por ello menos enérgica) tiene el derecho de ser tratada dignamente.
Humildad, esa palabra es recurrente entre los escritos de San Alberto. Humildad para reconocer que la fuerza de su vitalidad no tenía otro origen que en el Infinito. Decía San Alberto:
“Señor, yo quiero ser tu jesuita, y para prepararme quiero ser santo, quiero grabar tu imagen en mi alma y aplicarla en mi vida. Ayúdame, oh buen Jesús. Señor, yo soy débil y malo, pero Tú, muy clemente y bueno. Alcánzame la gracia de serlo”.
La situación política del momento, la contingencia, lo que vemos en los medios de comunicación, lo que escuchamos en las conferencias universitarias, las manifestaciones de arte nos exige estar con los ojos abiertos, pendientes a los cambios vertiginosos en todos los ambientes que nos encontremos.
Como jóvenes demócratas y cristianos también debemos buscar ser tolerantes, amantes de nuestro prójimo, pero sobre todo crecer en esa relación que le dio la vitalidad a San Alberto, basada en la libertad del hombre y del reconocimiento de su dependencia.
Sin pretender que tenemos la solución de la realidad social, ni mucho menos, estemos atentos y entre nosotros demos ejemplos de libertad, tolerancia y caridad que hace falta en nuestra realidad. La tarea primero es darnos testimonios a nosotros, para que estas relaciones se puedan propagar de forma natural a la sociedad, dejando de lado activismos egoístas, figuraciones personales y caminos propios, pues el fin último de la política está lejos de ser individualista, mas tampoco es hacer más grande al Partido: es hacer más grande a nuestra sociedad, al prójimo, a través del Partido.
Documento Preparado por Felipe Lerzundi y Diego Mundaca
Tomé, 14 de Agosto del 2007
En sus escritos podemos encontrar referencias explicitas a la palabra caridad, tan propia del cristiano, como inspiración a la caridad, mas nunca a la solidaridad. Pero la caridad definida por el mismo como:
“Aquella que no se confunda con la pura limosna o filantropía. Es algo mucho más grande: es el amor al prójimo que emana del amor de Dios”
Evidentemente, para entender la caridad son necesarios elementos que escapan a los intereses del presente documento, pero San Alberto nos remece con llamados a entender el verdadero sentido de la caridad, su origen y motivación:
“Los que desconocen el espíritu cristiano desconocen el valor de la caridad y la reducen a la práctica de la justicia”
En su tiempo, el Padre Hurtado, fue un ácido crítico de su entorno al interior de la Iglesia y al interior de los mismos movimientos que el fundó y de los que participaba como fue el caso emblemático de la Acción Católica, movimiento en donde se educaron la mayor parte de políticos y científicos en tiempos de la posguerra en todo el mundo.
Identificó dos enemigos de la caridad y la acción social, enemigos presentes hoy día que hacen que el sentido de su obra sea tergiversado: el quietismo y el activismo. El quietismo era algo que le trajo siempre roces al interior de la Iglesia y de los movimientos intelectuales, pues decía que
“Confunden lo teológico con lo teologal… confunden el objeto material de su actividad religiosa con la acción santificante: pensar en Dios, meditar su palabra son ocupaciones excelentes pero no pueden considerarse como exclusivas, pues no menos excelente fue María Santísima cumpliendo sus deberes de madre, de esposa, haciendo los deberes domésticos de su casa”
La realidad nos presenta un acontecimiento, y frente a esto tenemos que tomar una posición: como cristianos ésta no debe ser la pasividad. Por otro lado, a la “ilusión activista” como la llamaba el Padre Hurtado le hace una crítica aún más fuerte, por ser los destinatarios personas que lo rodeaban constantemente en sus trabajos, cito de sus escritos:
“Hay personas, como se ve a diario que están obsesionadas con el bien de las almas, la gloria de Dios, que casi olvidan completamente la causa invisible de éste bien. No tienen más que una idea: hacer avanzar al reino de Dios y combatir por el triunfo de la Iglesia; son leales y rectos en sus intenciones. Sin embargo, no se santifican o se santifican muy poco; ganan partidarios a la Iglesia como comunistas a su causa, pero en realidad ni ellos se asemejan más a Cristo, ni hacen a nadie más semejante al Maestro. No colaboran con Dios, por tanto su acción es estéril”
Pero de dónde viene todo esto? ¿Cuál es la causa invisible a la que alude San Alberto? ¿Por qué movernos con un sentido, con un fin? Para poder responder a estas sencillas preguntas, debemos ir al principio fundamental que rige al Santo: su relación con Dios como fin último, su constancia en la oración, pero por sobre todo, su aceptación de la realidad en su precariedad y el reconocimiento de dependencia absoluta de Dios.
El P. Hurtado amaba al obrero porque en él veía a una criatura hecha a imagen y semejanza de Cristo; se conmovía por la realidad toda: social, económica, política, cultural, por el amor a Cristo, no por el amor al débil perse, sino por la Belleza de vivir del encuentro con Cristo.
El Padre Hurtado nos llamaba a dignificar al hombre a través del trabajo, de su relación con la tierra, pero en el sentido de que todos estamos llamados a llevar a cabo la obra de Dios: cooperar en la realidad que nos toca con el cumplimiento de su plan Divino.
Pero también fue enfático en decir que la dignidad de una persona no se medía en el dinero que ganaba por su trabajo, lo que no entra en contradicción con el llamado a los empresarios a pagar un sueldo justo. No ayudó a formar sindicatos fuertes para desestabilizar a los empresarios y crear agitación social, sino que lo hizo porque sabía que la comunidad organizada y respetuosa (no por ello menos enérgica) tiene el derecho de ser tratada dignamente.
Humildad, esa palabra es recurrente entre los escritos de San Alberto. Humildad para reconocer que la fuerza de su vitalidad no tenía otro origen que en el Infinito. Decía San Alberto:
“Señor, yo quiero ser tu jesuita, y para prepararme quiero ser santo, quiero grabar tu imagen en mi alma y aplicarla en mi vida. Ayúdame, oh buen Jesús. Señor, yo soy débil y malo, pero Tú, muy clemente y bueno. Alcánzame la gracia de serlo”.
La situación política del momento, la contingencia, lo que vemos en los medios de comunicación, lo que escuchamos en las conferencias universitarias, las manifestaciones de arte nos exige estar con los ojos abiertos, pendientes a los cambios vertiginosos en todos los ambientes que nos encontremos.
Como jóvenes demócratas y cristianos también debemos buscar ser tolerantes, amantes de nuestro prójimo, pero sobre todo crecer en esa relación que le dio la vitalidad a San Alberto, basada en la libertad del hombre y del reconocimiento de su dependencia.
Sin pretender que tenemos la solución de la realidad social, ni mucho menos, estemos atentos y entre nosotros demos ejemplos de libertad, tolerancia y caridad que hace falta en nuestra realidad. La tarea primero es darnos testimonios a nosotros, para que estas relaciones se puedan propagar de forma natural a la sociedad, dejando de lado activismos egoístas, figuraciones personales y caminos propios, pues el fin último de la política está lejos de ser individualista, mas tampoco es hacer más grande al Partido: es hacer más grande a nuestra sociedad, al prójimo, a través del Partido.
Documento Preparado por Felipe Lerzundi y Diego Mundaca
Tomé, 14 de Agosto del 2007
1 comentario:
Realmente notable. Los felicito camaradas de Tome...
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