
En últimos días, toda la atención se ha centrado en la noble, y por cierto, importante labor que realiza la Teletón, asimismo, los primeros días de Diciembre para los Católicos nos señalan el comienzo en nuestra fe del Adviento y la pronta celebración del nacimiento de nuestro señor Jesús. Señalado lo anterior, debemos coincidir, que el primer derecho de una persona, no importando su condición, es la vida, el derecho a su propia existencia, independiente de las condiciones, limitaciones o del contexto existente. El reconocimiento de este derecho por parte de los demás no determina su validación, puesto que este derecho es anterior a dicha valoración o aceptación.
Con la fecundación del óvulo queda inaugurada una vida que no es la del Padre o la Madre, es la de un nuevo ser humano que se desarrolla por si mismo y que nada sabe ni entiende de conflictos, limitaciones, reivindicaciones de genero, carencias u otras discusiones contingentes.
La ley Divina, para el creyente, y la razón humana, excluyen todo derecho a limitar la existencia de un inocente a través del aborto. La discusión va acompañada, con frecuencia, del debate jurídico, una de sus posiciones, por supuesto la más liberal, se expresa en la tendencia a restringir lo más posible todo tipo de legislación represiva, el argumento de la autonomía de la voluntad o del pluralismo, la que se fundamenta en la dificultad de aplicar hoy las leyes contra el aborto, lo que se avala en el aumento de la clandestinidad de su oferta, sumado a la controversia de la entrega de la renombrada píldora, derivada en gran medida por el latente y creciente problema del embarazo adolescente, estas razones, corresponden a una realidad y constituyen los argumentos que se aducen para pedir su liberalización. Por cierto, estos fundamentos no son validos para legalizar su práctica, es más, la ley no puede aspirar a reprender todos los actos contrarios a ella o a su espíritu, su finalidad. A veces debe tolerar lo que en definitiva es un mal menor, por cierto, con la finalidad objetiva de evitar uno mucho mayor.
La valorización de un Cristiano no puede limitarse a la vida terrenal, el sabe que el presente prepara para la vida eterna, de cuya importancia debemos juzgar la existencia presente. En coherencia, no existe en nuestra existencia desdicha absoluta, aún en la pena tremenda de traer al mundo a un niño con algún tipo de discapacidad o de recibirlo en situación de carencia u otra. Esto no quiere decir que uno quede indiferente frente a los problemas que se argumentan reiteradamente como justificación, todo hombre de corazón, y por cierto, todo cristiano, debe estar preparado a hacer lo posible para solucionar o ponerles remedio. El problema tiene dilemas de forma, existen demasiadas contradicciones, visibles, puesto que el tema se utiliza como justificación de problemas y realidades que van más allá del hecho mismo y que dicen más tener relación con la responsabilidad social frente a estos, la que debe ser compartida por la sociedad civil y el estado.
No se puede jamás aprobar el aborto, pero es vital, por sobre todo, combatir sus causas, esa es nuestra responsabilidad.
Mauricio Muñoz C.
Con la fecundación del óvulo queda inaugurada una vida que no es la del Padre o la Madre, es la de un nuevo ser humano que se desarrolla por si mismo y que nada sabe ni entiende de conflictos, limitaciones, reivindicaciones de genero, carencias u otras discusiones contingentes.
La ley Divina, para el creyente, y la razón humana, excluyen todo derecho a limitar la existencia de un inocente a través del aborto. La discusión va acompañada, con frecuencia, del debate jurídico, una de sus posiciones, por supuesto la más liberal, se expresa en la tendencia a restringir lo más posible todo tipo de legislación represiva, el argumento de la autonomía de la voluntad o del pluralismo, la que se fundamenta en la dificultad de aplicar hoy las leyes contra el aborto, lo que se avala en el aumento de la clandestinidad de su oferta, sumado a la controversia de la entrega de la renombrada píldora, derivada en gran medida por el latente y creciente problema del embarazo adolescente, estas razones, corresponden a una realidad y constituyen los argumentos que se aducen para pedir su liberalización. Por cierto, estos fundamentos no son validos para legalizar su práctica, es más, la ley no puede aspirar a reprender todos los actos contrarios a ella o a su espíritu, su finalidad. A veces debe tolerar lo que en definitiva es un mal menor, por cierto, con la finalidad objetiva de evitar uno mucho mayor.
La valorización de un Cristiano no puede limitarse a la vida terrenal, el sabe que el presente prepara para la vida eterna, de cuya importancia debemos juzgar la existencia presente. En coherencia, no existe en nuestra existencia desdicha absoluta, aún en la pena tremenda de traer al mundo a un niño con algún tipo de discapacidad o de recibirlo en situación de carencia u otra. Esto no quiere decir que uno quede indiferente frente a los problemas que se argumentan reiteradamente como justificación, todo hombre de corazón, y por cierto, todo cristiano, debe estar preparado a hacer lo posible para solucionar o ponerles remedio. El problema tiene dilemas de forma, existen demasiadas contradicciones, visibles, puesto que el tema se utiliza como justificación de problemas y realidades que van más allá del hecho mismo y que dicen más tener relación con la responsabilidad social frente a estos, la que debe ser compartida por la sociedad civil y el estado.
No se puede jamás aprobar el aborto, pero es vital, por sobre todo, combatir sus causas, esa es nuestra responsabilidad.
Mauricio Muñoz C.
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