
Copio el texto de la carta de Andrés... me parece que después del rechazo de la acusación constitucional hay un antes y un después para la Democracia Cristiana; me parece que desde ahí ya todo podía ser posible en nuestro Partido... una lástima de la que hay mucho que aprender; un abrazo en la distancia del tiempo a aquellos valientes diputados y camaradas...
Cristóbal Acevedo
El 9 de abril de 1998 fue día jueves y correspondió a la Semana Santa en la celebración del calendario católico que se sigue en Chile. Ese Jueves Santo de 1998 la atención de Chile estaba centrada en la Sala de la Cámara de Diputados, en Valparaíso, donde se votaba la Acusación Constitucional al General Augusto Pinochet.
Fue un día tenso para todos los que sentíamos que algo pasaría en nuestras vidas y en las vidas de los chilenos según lo que allí aconteciera. Algunos inclusive teníamos la impresión que ese día sería un día histórico para nuestro país. Diez años después casi nadie lo recuerda.
Cuando decidimos acusar constitucionalmente a Pinochet, lo hicimos seguros que era un acto simbólico, pero sabedores que los actos simbólicos, como las liturgias, dan sentido a las cosas, y que las formas o el cómo son lo que da sentido a las vidas. Digo simbólico por dos razones. La primera era que la Acusación sería derrotada en el Senado en el que los partidarios incondicionales de Pinochet eran mayoría dada la presencia de los senadores designados y de la derecha. La segunda porque constituía la única oportunidad, sabedores de antemano del resultado final de dicho proceso, de someter a Pinochet a un proceso en el que se le juzgara políticamente de forma institucional por actores democráticos o representantes populares.
La preparación de la Acusación no fue fácil. Por una parte, desde el punto de vista formal, las limitantes legales obligaban a juzgarlo por su desempeño desde el 11 de marzo de 1990, lo que excluía un juicio por su dictadura y sus violaciones a los derechos humanos y a la institucionalidad. Por otra parte, desde el Gobierno y desde la conducción de la Democracia Cristiana se cuestionaba tanto el derecho de los Diputados a presentar la Acusación como la legitimidad política de la misma. Sin embargo hubo muchas personas, incluidas importantes autoridades en materia constitucional, que colaboraron en la preparación jurídica de la presentación, en tanto que el debate en la Democracia Cristiana se zanjó con una resolución del Consejo Nacional que estableció que los Diputados tenían libertad para una presentación de este tipo, derrotando la posición del Gobierno y de la Directiva.
Todas las dificultades se superaron con la decisión de avanzar en un acto que consideramos digno. Éramos representantes de la ciudadanía y teníamos derecho, y creíamos que fundamentos legales y políticos, a someter a Pinochet a un juicio político o constitucional. Era nuestra responsabilidad que no fuera la historia la que juzgara a quien había mancillado de forma tan grave nuestra historia, sino los representantes de la ciudadanía. Sentimos que en juego estaba la dignidad de los representantes ciudadanos.
Por cierto el resultado no fue el que esperábamos. Los representantes de la ciudadanía rechazaron la Acusación constituyendo una mayoría que me resulta inexplicable aún hoy, y más hoy después de tantas verdades que se supieron con posterioridad.
Después vino otra historia, y lo que esperábamos fuera un acto trascendental, quedó en el olvido de los medios, pero no de las personas. En las personas quedó grabado con distintos sabores, para unos fue una fiesta, para otros una pena, para Manuel Bustos fue una traición de algunos. Tal vez un día los medios recuperen este gesto de dignidad, el único que representantes democráticos emprendieron para realizar un juicio político sobre el General Pinochet, y se escriba algo de la historia de las personas en relación a ese día. Pero la historia oficial fue por otros rumbos.
Yo tengo una interpretación de esa otra historia. Por una parte no convenía que los gestos de dignidad se multiplicaran, pero por otra, la soberbia derrotó a Pinochet. Si los representantes democráticos, incluidos algunos a los que él mismo había afectado con sus comportamientos, le liberaban de responsabilidades políticas e institucionales por su desempeño en esos años, entonces era que por fin se le comprendía, era libre y podía hacer lo que le placiera. Por eso viajó a Londres a buscar un dinero mal habido y quiso ir de visita a Paris… lo que siguió quedó en la historia del fin del siglo.
Los Jueves Santo del calendario católico tienen un contenido ambiguo. Por una parte se celebra la institución del sacerdocio ministerial y de la Eucaristía, que a los creyentes nos mantiene en la Vida; y por otra se conmemora la transfiguración de Jesús en el monte y luego su detención y traición por quienes más Él quería.
El 9 de abril de 1998 fue, para muchos, una verdadera liturgia de Jueves Santo.
Fue un día tenso para todos los que sentíamos que algo pasaría en nuestras vidas y en las vidas de los chilenos según lo que allí aconteciera. Algunos inclusive teníamos la impresión que ese día sería un día histórico para nuestro país. Diez años después casi nadie lo recuerda.
Cuando decidimos acusar constitucionalmente a Pinochet, lo hicimos seguros que era un acto simbólico, pero sabedores que los actos simbólicos, como las liturgias, dan sentido a las cosas, y que las formas o el cómo son lo que da sentido a las vidas. Digo simbólico por dos razones. La primera era que la Acusación sería derrotada en el Senado en el que los partidarios incondicionales de Pinochet eran mayoría dada la presencia de los senadores designados y de la derecha. La segunda porque constituía la única oportunidad, sabedores de antemano del resultado final de dicho proceso, de someter a Pinochet a un proceso en el que se le juzgara políticamente de forma institucional por actores democráticos o representantes populares.
La preparación de la Acusación no fue fácil. Por una parte, desde el punto de vista formal, las limitantes legales obligaban a juzgarlo por su desempeño desde el 11 de marzo de 1990, lo que excluía un juicio por su dictadura y sus violaciones a los derechos humanos y a la institucionalidad. Por otra parte, desde el Gobierno y desde la conducción de la Democracia Cristiana se cuestionaba tanto el derecho de los Diputados a presentar la Acusación como la legitimidad política de la misma. Sin embargo hubo muchas personas, incluidas importantes autoridades en materia constitucional, que colaboraron en la preparación jurídica de la presentación, en tanto que el debate en la Democracia Cristiana se zanjó con una resolución del Consejo Nacional que estableció que los Diputados tenían libertad para una presentación de este tipo, derrotando la posición del Gobierno y de la Directiva.
Todas las dificultades se superaron con la decisión de avanzar en un acto que consideramos digno. Éramos representantes de la ciudadanía y teníamos derecho, y creíamos que fundamentos legales y políticos, a someter a Pinochet a un juicio político o constitucional. Era nuestra responsabilidad que no fuera la historia la que juzgara a quien había mancillado de forma tan grave nuestra historia, sino los representantes de la ciudadanía. Sentimos que en juego estaba la dignidad de los representantes ciudadanos.
Por cierto el resultado no fue el que esperábamos. Los representantes de la ciudadanía rechazaron la Acusación constituyendo una mayoría que me resulta inexplicable aún hoy, y más hoy después de tantas verdades que se supieron con posterioridad.
Después vino otra historia, y lo que esperábamos fuera un acto trascendental, quedó en el olvido de los medios, pero no de las personas. En las personas quedó grabado con distintos sabores, para unos fue una fiesta, para otros una pena, para Manuel Bustos fue una traición de algunos. Tal vez un día los medios recuperen este gesto de dignidad, el único que representantes democráticos emprendieron para realizar un juicio político sobre el General Pinochet, y se escriba algo de la historia de las personas en relación a ese día. Pero la historia oficial fue por otros rumbos.
Yo tengo una interpretación de esa otra historia. Por una parte no convenía que los gestos de dignidad se multiplicaran, pero por otra, la soberbia derrotó a Pinochet. Si los representantes democráticos, incluidos algunos a los que él mismo había afectado con sus comportamientos, le liberaban de responsabilidades políticas e institucionales por su desempeño en esos años, entonces era que por fin se le comprendía, era libre y podía hacer lo que le placiera. Por eso viajó a Londres a buscar un dinero mal habido y quiso ir de visita a Paris… lo que siguió quedó en la historia del fin del siglo.
Los Jueves Santo del calendario católico tienen un contenido ambiguo. Por una parte se celebra la institución del sacerdocio ministerial y de la Eucaristía, que a los creyentes nos mantiene en la Vida; y por otra se conmemora la transfiguración de Jesús en el monte y luego su detención y traición por quienes más Él quería.
El 9 de abril de 1998 fue, para muchos, una verdadera liturgia de Jueves Santo.
1 comentario:
Simplemente testimonio, lo recuerdo, que lección de concordancia con sus envestiduras, en respuesta de la confianza depositada por la gente, tomando en cuenta la oportunidad y el contexto.
A la clase política se le demanda hoy mas que nunca coherencia, en particular a los congresales en sus juicios e iniciativas....pero cuanto nos falta por retomar el rumbo, Hoy el distinguir entre una y otra representatividad en algunos casos, es muy complejo.
Publicar un comentario