lunes, 26 de marzo de 2007

Comunidad y Transantiago: La Vida Cotidiana

Ciertamente si me sumara a las críticas a la reformulación del transporte público capitalino sería difícil decir algo nuevo. Sin duda se trata de una transformación mayor, que debió dársele el tiempo necesario para su implementación, que no ha tenido todo el soporte político que se esperaría de un proyecto de tal envergadura y que adolece de serias inconsistencias técnicas que se arrastran desde sus primeros diseños y gestores. Sin duda el Gobierno de Bachelet ha tenido que hacerse cargo de todo aquello, pero no ha tenido la claridad política para asumir los costos de postergar con tal de obtener un resultado óptimo.

De todo ello ya hay bastante claridad en el debate ambiente. Sin embargo podemos sacar algunas cosas positivas de todo este trajín político-técnico: la ciudadanía se ha hecho conciente de la situación y el sacrificio diario de más de un millón de chilenos que viven en la periferia, que viajan horas y horas atravesando la ciudad (antes y después del Transantiago), que no tienen tiempo para compartir con sus familias porque llegan agotados después de trabajar e invertir casi un 50% del tiempo de trabajo en traslado, que viven vejámenes (con o sin Bambam llamando a usar la tarjeta Bip!), y que ciertamente son arrastrados permanentemente a vivir de las decisiones de la autoridad que muchas veces se piensan más con criterio de ciudadano acomodado que con los del poblador que diariamente hace malabares para mantener la pega y vivir con lo poco y nada que le pagan. Quién pensó el diseño y crecimiento de esta ciudad, quién pensó las carreteras que la atraviesan, quién pensó las políticas de vivienda.

Parte de la idea de este foro, y aquí me salgo del tema del transporte urbano, es que las políticas se piensen y diseñen con criterios comunitarios. Qué quiere decir esto, nada nuevo, que para que una política sea sustentable y efectiva debe estar encarnada en la realidad de las personas, en la microrealidad; en el caso del Transantiago va desde pensar en cuánto tiene que caminar un poblador, el número de combinaciones que tiene que tomar, el tiempo de traslado de la casa la pega, de si va a tener o no asiento en la micro o el metro, en la cantidad de hombres y mujeres que trabajan con turnos de noche y se les pasa la última micro, saber cuales son los traslado más frecuentes de comuna a comuna; todo aquello requiere ser aplicado en una experimentación concreta con los ciudadanos y debidamente testeado. Nuestra grandes políticas requieren ser legitimadas en los espacios comunitarios. En un proceso con este enfoque nos daremos cuenta que muchas veces ni sospechamos que los modos de vida y posibilidades reales de quienes viven en las numerosas poblaciones de Santiago y Chile son muy distintas y ni se acercan a nuestra propia cotidianidad.

Soy un convencido de que la visión comunitaria no es un romanticismo sacado del baúl de los recuerdos de nuestros abuelos idealistas, sino una manera de sacar partido al know how de las personas en base a su propia experiencia, de aplicar las políticas adecuadamente de una vez y con sustento real; creer en las personas trae réditos y evita estar constantemente generando parches y dando explicaciones. Concretizar una política con este sello comunitario no es fácil, bien lo sabemos, pero la dificultad no puede ser excusa para no incorporar dicho criterio como prioritario en la gestión de gobierno y en la política en general.

En medio de la barbarie citadina rescatemos con alegría que la opinión pública se ha hecho testigo de esta realidad cotidiana de quienes viven marginados. Ante esta enorme evidencia ya no podemos mirar para el lado y permanecer en silencio, tal como quizas lo hacíamos arriba de nuestras antiguas micros amarillas cuando alguien se nos sentaba al lado y preferíamos mirar para el techo o permanecer impávidos mirando el paisaje gris que transitaba ante nosotros.
Cristóbal Acevedo F.

No hay comentarios.: